“Los bares son subversión, descabalgan lo cotidiano, abren nuestra otra dimensión vital, dimensión que supera lo matérico, lo físico, lo corporal; dimensión del espíritu y de las emociones. Los bares contienen las alegrías que parece deben ser contenidas”.
Vuelvo a Barcelona. Lo hago una vez por semana por asuntos personales, lo hago con la esperanza que algo haya cambiado y se parezca a una ciudad, a aquella ciudad en la que valía la pena vivir sus calles, pasear sus playas, atravesar los parques, patinar sus paseos, musicar los teatros, beberse sus bares cualquier noche por blanca que se presentase.
Vuelvo a Barcelona con el pesar del cierre de tantas historias, las ilusiones de mazo de colegas, que se anuncian en los diarios con el sensacionalismo pertinente. Cada pérdida, cada bajada de persiana, cada stop, es un drama a estas alturas de la película.
Tascas de barrio, bares de paseo, grupos independientes, lugares emblemáticos y emblemas del lugar, están definitivamente en la lona y otros son, en ciernes, un KO técnico. Demasiadas renuncias para tan poca alternativa, que supone interpretar la ciudad como la residencia de los que aceptan ser el engranaje estúpido de la cadena de producción sistémica ¿las ciudades son dormitorios y ya? ¿alguien se cree en serio que son un cementerio repositorio de las fuerzas que se limitan a trabajar, reproducirse y cumplir?
¿el nuevo ocio doméstico digital, superficialmente placentero, o el alejarse al territorio proscrito de las segundas residencias y de la España vacía son sustitutivos del aire metropolitano?.
Aquellos maldecidos que por recursos limitados no pueden optar al escape, custodian esas calles, como las ratas. Las calles de lo que un día fue un complejo entramado de muchas almas, de infinitas promesas.
Huyo de Barcelona, para mí sin bares, no tiene sentido quedarme. No la necesito y ella tampoco a mí, pasé los últimos 10 años construyendo artesanalmente una disciplina para observarlos; muchas tardes, algunas mañanas y todas las noches eran propiciatorias, una fuente de maná, un manantial de datos.
Les voy a pasar una nota de campo de Febrero 2020, hacía el frio que puede hacer en mi ciudad, salí a tirar la quiniela:
Suena jazz de los años 20, lo escucho nada más abrir la puerta que debe tener uno de sus tres pernios clavado, porque me cuesta empujar y arrastra ligeramente su batiente. En la barra unos tacones sostienen unas piernas con cuerpo de mujer que superó los 40 hace unos 15. “El saxo es como el sexo, me dice el subconsciente”. Fuera en la calle, ya oscura, dejo la desolación; dentro una oportunidad se abre.
Me acerco y mirando a la contra-barra de botellería, le susurro. - ¿Me aceptas una copa? Quería hablarte del triunfo de la justicia sobre la arbitrariedad. Mi repertorio no va mucho más allá y quizá tú sabes algo de cine, del más negro, necesito olvidarme de la pandemia que nos sobreviene.
La tipa no cree necesario contestarme sobre el convite, va al grano. Le gusta jugar.
-John Sturges es uno de los grandes. “Conspiración en la sombra” es mi preferida. El manco pelea con la limpieza del cine clásico.
Se a que se refiere, en el cine se han dejado de contar historias precisas de personajes ambiguos, Spencer Tracy, hoy me llamo Spencer Tracy y la dama será mi mejor inversión. Siempre lo pensé, los tacones me salen baratos por caros que se coticen; me permiten cambiar de vicio.
Serán las once, no hay nadie más que el barman que cerrará sin nuevos parroquianos a las 3, así que tiene tiempo de leer el periódico del despistado.
-Perdona, ponnos otro, otro, de lo que sea que bebe la señorita… ¿Hepburn? Y la miro por primera vez a los ojos. Sabe de sobras que “conspiración en la sombra” es un Western. Me quería hacer el lio.
En el bar suena Jazz de los años 20, una voz de terciopelo azul confirma en inglés afroamericano que los recuerdos nos vienen de atrás como la genética, como la libertad.
Sergio Gil
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