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Mi abuela inventó la comida callejera: una historia bastarda

Foto del escritor: Federica MarzioniFederica Marzioni

Actualizado: 25 jul 2023

Mi yaya era una mujer que no daba puntada sin hilo: Sus tortas, hacían buena la falta de

pan; y sus panes, que se rifaban como tortas, hacían de la escasez una virtud. Desde su

cocina cosía con el hilo que une a las familias. En el fondo, ¿Qué es la comida sino

aquello que nos apega a los nuestros?

Ella cocinaba piadinas. Ya saben, ese pan pobre, hecho sin levadura, con harina, agua

caliente, leche, grasa de cerdo o aceite de oliva, una pizca de bicarbonato, sal y un tanto

de alegría que lo hacía especial. Algo tan banalmente profundo, como la alegría, sí. El

resultado en la sartén es un taco irregular y pecoso, como la piel, destinado a acoger

embutidos, verduras, quesos o chocolate. En pocas palabras, lo que ofrecía la nevera.

En mi casa, se hacía sin ingeniería, la única báscula era la mano de mi abuela y no había

necesidad de seguir criterios estacionales: es de esas cosas que se pueden preparar y

disfrutar cuando a uno se le antoja un domingo cualquiera, por la noche incluso después

de la comilona del mediodia.

Debo decir, que para muchos era el “pan del verano”, porque es originario de una zona

costera donde solía pasar el vago estío todo el mundo: clase obrera, élite, jubilados,

jóvenes promesas patrias quienes alentaban turistas blancuchas. ¿Habéis visto alguna

película de Fellini, que por cierto es oriundo de la tierra de la piadina? Da igual porque de

ella, de la piadina, no hay ni un encuadre. Aunque sí de este mundo perdido, o pasado de

moda, tanto como el neorrealismo sub-realista alimentado por pan pobre.

Este pan, en cambio, no conoce crisis porque nace de ella. Se puede comer seco, lo

importante es doblarlo, con el mismo placer que da echarse encima una colcha en

invierno. El único inconveniente documentado: el viento cálido y húmedo, el garbino, no

es bueno para la masa. Podría ser un precepto dotado de sentido, influyente, un mito o

una leyenda: nunca lo sabremos.

El hecho es, que cualquier ritual digno de este nombre, requiere de una norma

prescriptiva. La abuela también tenía derecho a decir que no y quizás en esta

excepción se habrá amparado más de una vez. Para nosotros comer piadina era todo un

ritual, desde luego.

Mi abuela había aprendido la receta de su cuñada y se había de alguna manera

asimilado culturalmente a otra gastronomía regional. ¡Empezamos mal!

- La estructura del ritual resiste por los pelos;

- el componente originario, ese que tanto gusta a los que saben mucho de asuntos gastronómicos, tampoco es tan puro (mirándolo bien);

- sin rastro de las mediciones de ingredientes (de mal en peor);

- olvidémonos de profundizar en lo saludable que pueda resultar el alimento... Igualmente, no importa. Esta es una historia bastarda, como todas las historias, disgregadas y recompuestas, por mucho que nos guste que tengan un principio mítico, sin mezclas, y definido: ese punto cero que nos gusta casi tanto como el punto G.

Todo empieza en mi primer año de colegio, cuando traíamos la merienda de casa. La

mayoría de mis compañeros sacaba de su mochila bollería monoconfeccionada o pizza y

un sucedáneo de zumo de fruta en tetrabrick con pajita de plástico. Nadie se

cuestionaba nada en aquel entonces, sólo que nos asegurásemos nuestra sobredosis de

hidrato de carbono a media mañana. Y yo, por supuesto, al menos una vez por semana

con mi piadina. Y aquí empieza lo curioso: lo que me provocaba tanta alegría comerme

en casa, con mi hermano, mis primos, mis tías y mi vecina, no era lo mismo fuera de

casa. Secretamente, quería pizza o bollería. Ser compañeros es compartir el mismo pan:

Cum-panis, de ahí la palabra, ¿o no?. Algo que una niña de 6 años sentía y padecía a la

vez: ¿Cómo podía ser que en casa cenar con piadina rellena de jamón y queso fuese lo

más y fuera de mi casa me hacía distinta, me provocaba el deseo de ser como los

demás? ¿Cómo explicarlo a los míos? Peor aún, es como cuando por primera vez invitas

a tu casa una persona que te gusta. Lo que perdonas en el día a día a los tuyos ya no te

parece tan bien en presencia de un extraño, hasta que este no se haga de tu casa. Es

cuando llegas a entender que en todas las casas hay ciertas “pobrezas”. Hasta ese

momento vives con un incómodo pudor: no puedes renegar de las peculiaridades

hogareñas, pero a la vez deseas que el extraño no se dé cuenta porque, un poco, te

avergüenzan. Tienes que conciliar tu yo-de-dentro con tu yo-de-fuera y todo lo que

acontecía fuera de casa siempre me pareció mucho más interesante que lo que se

acumulaba entre cuatro paredes. Cierto es que somos parte de aquella domesticidad que

queremos disimular por miedo a que no sea de agrado del invitado.

Volvamos al pupitre. Ahí me encontraba yo con mi piadina seca, que me gustaba y me

sentaba de maravilla. Sólo tenía que descifrar, bocado tras bocado, cómo esta comida se

había vuelto "antisocial”, de repente, al empezar el colegio, por hacerme sentir distinta.

Transcurrió medio año sobre esto y llegó el día de la excursión para conocer las bellezas

del arte bizantino, de Ravena... De donde, justamente, es originaria parte de mi familia. Y

mi merienda.

La impresionante iconografía bizantina en los monumentos de la ciudad está inspirada en

Justiniano y Teodora, protagonistas de otra historia bastarda. Todo empieza a cuadrar.

Sus retratos en el mosaico de San Vitale son los rostros muy representativos, aunque los

dos, con mucha probabilidad, jamás pisaran la ciudad. Justiniano fue el último

emperador de Oriente en intentar restaurar el antiguo Imperio Romano y había fijado en

Ravena su capital. Su conquista de Italia, sin embargo, fue de breve duración.

¡Hay que decirlo! Justiniano lo intentó y su fama se rige por el principio de Instagram:

algo efímero, inmortalizado y hecho viral a través del poder de la imagen. Su cara acabó

en cantidades de gadgets, imanes, camisetas y postales, sin ni siquiera haber

contemplado en persona la obra que le retrae.

Pero sigamos con el asunto que nos atañe. La cantidad de quioscos de souvenirs sólo

estaba igualada por la cantidad de puestos de piadina para llevar. Me hallaba en el

paraíso de la comida callejera: el ante litteram del streetfood. En combinaciones

versátiles, baratas, rápidas de preparar y aptas para gente en tránsito, aún en una salsa

ingenuamente ochentera. Mis compañeros y yo, finalmente, comimos la misma merienda

en un precioso día de excursión, de aquellos que se aguardan con ternura entre las

memorias infantiles, porque siempre suele pasar algo: hay quien se pierde o pierde algo,

quien lo pasa mal en autocar o quien siquiera llega a cogerlo, quien cae víctima de una

broma graciosa... Aquel día, eran ellos los que comiendo me miraban a mí, casi con el

estupor de quien admira al precursor de algo excepcional. Yo, por el contrario, me sentía

gratamente convencional por la uniformidad de nuestras meriendas, a base de piadina, a

la vez que disfrutaba de la mejor parte del sentirme pionera. Para mí, no era nada nuevo;

para los demás, iba a ser algo conocido y, poco a poco, familiar.

Al preguntarme mi amigo Andrea:

- “¿Por qué tú ya la comías en Roma?”

- “¡Por qué la inventó mi abuela! - Recuerdo haberle contestado con aquella soltura

propia de los niños, cuando no tienen explicita intención de mentir sino que

expresan sencillamente lo que sienten y esta realidad llena todo su mundo. En

ausencia de objeciones, se tornó en historia.

Aquel día, mi yo-de-dentro se había reconciliado con mi yo-de-fuera: aquella comida, me

había apegado a los míos-de-fuera. Me sentía extrañamente afortunada por algo que ni

siquiera dependía de mí, sino de un mero hecho accidental: el nacer donde una nace.

Con los años, mis amigos internacionales han llamado a la piadina taco, pancake, wrap...

La he visto salir de foodtrucks y de bares en remotos ángulos de mundo. La he visto en

sus versiones privativas vegana y veggie, o fusión, con pollo y ceviche.

¿Y qué más da? Todas, en el fondo, son historias bastardas.


Federica Marzioni

Dedicado a la memoria de mi abuela y a quienes volverían a comerse la infancia a bocados.

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