Mi yaya era una mujer que no daba puntada sin hilo: Sus tortas, hacían buena la falta de
pan; y sus panes, que se rifaban como tortas, hacían de la escasez una virtud. Desde su
cocina cosía con el hilo que une a las familias. En el fondo, ¿Qué es la comida sino
aquello que nos apega a los nuestros?
Ella cocinaba piadinas. Ya saben, ese pan pobre, hecho sin levadura, con harina, agua
caliente, leche, grasa de cerdo o aceite de oliva, una pizca de bicarbonato, sal y un tanto
de alegría que lo hacía especial. Algo tan banalmente profundo, como la alegría, sí. El
resultado en la sartén es un taco irregular y pecoso, como la piel, destinado a acoger
embutidos, verduras, quesos o chocolate. En pocas palabras, lo que ofrecía la nevera.
En mi casa, se hacía sin ingeniería, la única báscula era la mano de mi abuela y no había
necesidad de seguir criterios estacionales: es de esas cosas que se pueden preparar y
disfrutar cuando a uno se le antoja un domingo cualquiera, por la noche incluso después
de la comilona del mediodia.
Debo decir, que para muchos era el “pan del verano”, porque es originario de una zona
costera donde solía pasar el vago estío todo el mundo: clase obrera, élite, jubilados,
jóvenes promesas patrias quienes alentaban turistas blancuchas. ¿Habéis visto alguna
película de Fellini, que por cierto es oriundo de la tierra de la piadina? Da igual porque de
ella, de la piadina, no hay ni un encuadre. Aunque sí de este mundo perdido, o pasado de
moda, tanto como el neorrealismo sub-realista alimentado por pan pobre.
Este pan, en cambio, no conoce crisis porque nace de ella. Se puede comer seco, lo
importante es doblarlo, con el mismo placer que da echarse encima una colcha en
invierno. El único inconveniente documentado: el viento cálido y húmedo, el garbino, no
es bueno para la masa. Podría ser un precepto dotado de sentido, influyente, un mito o
una leyenda: nunca lo sabremos.
El hecho es, que cualquier ritual digno de este nombre, requiere de una norma
prescriptiva. La abuela también tenía derecho a decir que no y quizás en esta
excepción se habrá amparado más de una vez. Para nosotros comer piadina era todo un
ritual, desde luego.
Mi abuela había aprendido la receta de su cuñada y se había de alguna manera
asimilado culturalmente a otra gastronomía regional. ¡Empezamos mal!
- La estructura del ritual resiste por los pelos;
- el componente originario, ese que tanto gusta a los que saben mucho de asuntos gastronómicos, tampoco es tan puro (mirándolo bien);
- sin rastro de las mediciones de ingredientes (de mal en peor);
- olvidémonos de profundizar en lo saludable que pueda resultar el alimento... Igualmente, no importa. Esta es una historia bastarda, como todas las historias, disgregadas y recompuestas, por mucho que nos guste que tengan un principio mítico, sin mezclas, y definido: ese punto cero que nos gusta casi tanto como el punto G.
Todo empieza en mi primer año de colegio, cuando traíamos la merienda de casa. La
mayoría de mis compañeros sacaba de su mochila bollería monoconfeccionada o pizza y
un sucedáneo de zumo de fruta en tetrabrick con pajita de plástico. Nadie se
cuestionaba nada en aquel entonces, sólo que nos asegurásemos nuestra sobredosis de
hidrato de carbono a media mañana. Y yo, por supuesto, al menos una vez por semana
con mi piadina. Y aquí empieza lo curioso: lo que me provocaba tanta alegría comerme
en casa, con mi hermano, mis primos, mis tías y mi vecina, no era lo mismo fuera de
casa. Secretamente, quería pizza o bollería. Ser compañeros es compartir el mismo pan:
Cum-panis, de ahí la palabra, ¿o no?. Algo que una niña de 6 años sentía y padecía a la
vez: ¿Cómo podía ser que en casa cenar con piadina rellena de jamón y queso fuese lo
más y fuera de mi casa me hacía distinta, me provocaba el deseo de ser como los
demás? ¿Cómo explicarlo a los míos? Peor aún, es como cuando por primera vez invitas
a tu casa una persona que te gusta. Lo que perdonas en el día a día a los tuyos ya no te
parece tan bien en presencia de un extraño, hasta que este no se haga de tu casa. Es
cuando llegas a entender que en todas las casas hay ciertas “pobrezas”. Hasta ese
momento vives con un incómodo pudor: no puedes renegar de las peculiaridades
hogareñas, pero a la vez deseas que el extraño no se dé cuenta porque, un poco, te
avergüenzan. Tienes que conciliar tu yo-de-dentro con tu yo-de-fuera y todo lo que
acontecía fuera de casa siempre me pareció mucho más interesante que lo que se
acumulaba entre cuatro paredes. Cierto es que somos parte de aquella domesticidad que
queremos disimular por miedo a que no sea de agrado del invitado.
Volvamos al pupitre. Ahí me encontraba yo con mi piadina seca, que me gustaba y me
sentaba de maravilla. Sólo tenía que descifrar, bocado tras bocado, cómo esta comida se
había vuelto "antisocial”, de repente, al empezar el colegio, por hacerme sentir distinta.
Transcurrió medio año sobre esto y llegó el día de la excursión para conocer las bellezas
del arte bizantino, de Ravena... De donde, justamente, es originaria parte de mi familia. Y
mi merienda.
La impresionante iconografía bizantina en los monumentos de la ciudad está inspirada en
Justiniano y Teodora, protagonistas de otra historia bastarda. Todo empieza a cuadrar.
Sus retratos en el mosaico de San Vitale son los rostros muy representativos, aunque los
dos, con mucha probabilidad, jamás pisaran la ciudad. Justiniano fue el último
emperador de Oriente en intentar restaurar el antiguo Imperio Romano y había fijado en
Ravena su capital. Su conquista de Italia, sin embargo, fue de breve duración.
¡Hay que decirlo! Justiniano lo intentó y su fama se rige por el principio de Instagram:
algo efímero, inmortalizado y hecho viral a través del poder de la imagen. Su cara acabó
en cantidades de gadgets, imanes, camisetas y postales, sin ni siquiera haber
contemplado en persona la obra que le retrae.
Pero sigamos con el asunto que nos atañe. La cantidad de quioscos de souvenirs sólo
estaba igualada por la cantidad de puestos de piadina para llevar. Me hallaba en el
paraíso de la comida callejera: el ante litteram del streetfood. En combinaciones
versátiles, baratas, rápidas de preparar y aptas para gente en tránsito, aún en una salsa
ingenuamente ochentera. Mis compañeros y yo, finalmente, comimos la misma merienda
en un precioso día de excursión, de aquellos que se aguardan con ternura entre las
memorias infantiles, porque siempre suele pasar algo: hay quien se pierde o pierde algo,
quien lo pasa mal en autocar o quien siquiera llega a cogerlo, quien cae víctima de una
broma graciosa... Aquel día, eran ellos los que comiendo me miraban a mí, casi con el
estupor de quien admira al precursor de algo excepcional. Yo, por el contrario, me sentía
gratamente convencional por la uniformidad de nuestras meriendas, a base de piadina, a
la vez que disfrutaba de la mejor parte del sentirme pionera. Para mí, no era nada nuevo;
para los demás, iba a ser algo conocido y, poco a poco, familiar.
Al preguntarme mi amigo Andrea:
- “¿Por qué tú ya la comías en Roma?”
- “¡Por qué la inventó mi abuela! - Recuerdo haberle contestado con aquella soltura
propia de los niños, cuando no tienen explicita intención de mentir sino que
expresan sencillamente lo que sienten y esta realidad llena todo su mundo. En
ausencia de objeciones, se tornó en historia.
Aquel día, mi yo-de-dentro se había reconciliado con mi yo-de-fuera: aquella comida, me
había apegado a los míos-de-fuera. Me sentía extrañamente afortunada por algo que ni
siquiera dependía de mí, sino de un mero hecho accidental: el nacer donde una nace.
Con los años, mis amigos internacionales han llamado a la piadina taco, pancake, wrap...
La he visto salir de foodtrucks y de bares en remotos ángulos de mundo. La he visto en
sus versiones privativas vegana y veggie, o fusión, con pollo y ceviche.
¿Y qué más da? Todas, en el fondo, son historias bastardas.
Federica Marzioni
Dedicado a la memoria de mi abuela y a quienes volverían a comerse la infancia a bocados.
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