
Haciendo trabajo de campo, me contó un veterano de la restauración, que en sus inicios en esto de los bares, allá por el catártico año 2000, se le ocurrió poner en marcha una fiesta anual de corte conmemorativo. En esta ocasión devolvía – a modo de invitaciones lúdico festivas- parte del beneficio obtenido durante el curso empresarial a sus propios clientes. La mecánica era sencilla: segmentaba la población en tres bloques de edad, desde los infantes a los jubilados, y organizaba una fiesta específica a coste cero para cada bloque.
A las postres ocurría que los unos ocupaban el espacio de los otros ya que esto acontecía en un pueblo y allá, por decantación, todo se entremezcla.
Esta práctica duró un lustro y cohesionó la idea de reparto y sobre todo de comunidad en torno a un Bar/Restaurante. Sobre sostenibilidad tocan clarines.
Vengo interpretando la sostenibilidad relacional, como aquella que identifica la capacidad de perpetuar la vida de una comunidad gracias al tejido de vínculos basados en el apoyo mutuo y la reciprocidad.
Así pues, por bienes relacionales se entiende esa peculiar clase de recursos de los que no se puede disfrutar de forma aislada sino únicamente en el marco de una relación entre el que ofrece y el que demanda. Desde la perspectiva gastropológica, es una demanda de espacios de libertad, de ligámenes sociales y de redes neoclánicas: las que propician nuestros bares y restaurantes.
La circularidad de esta riqueza, que sella nexos más o menos profundos tal y como nosotros mismos decidamos libremente, fija el origen del vínculo social: hace que el individuo emerja de sí mismo y se una a los demás en una red. Lo que nos vértebra precisamente como seres sociales es la plenitud de las conexiones que establecemos con los demás. Como restauradores, tal vez seamos lo que donamos: la abundancia de la posibilidad de sociabilización, a través de espacios que la impulsen y la garanticen. Traducido en términos económicos, se trataría de otra manera de ganar.
Paradójicamente no fue un gurú económico el que nos enseñó esto, sino los aborígenes de las islas Trobriand, quienes hicieron de tal principio un arte de convivencia, así como la base de su doctrina económica y política.
Anticipando e inspirando, enfoques socioeconómicos contemporáneos, Bronislaw Malinowski*, unos de los padres del método de la investigación antropológica, al estallar la primera guerra mundial, se vio confinado en el archipiélago de las islas Trobriand, del cual no había peligro de que se escapase.
Malinowski quedó inmediatamente impresionado por una costumbre que, a los ojos occidentales alimentados por la economía política clásica, parecía desprovista de toda lógica: los nativos se enfrentaban a largos y peligrosos cruces oceánicos a bordo de sus piraguas para llevar bienes de escaso valor (collares y pulseras de conchas) a los habitantes de islas distantes. Una generosidad incomprensible y un coraje al límite de la inconsciencia. Y para empeorar las cosas, estas baratijas venían utilizadas durante un cierto tiempo por quienes las recibían. Finalmente venían entregadas a su vez a los habitantes de la isla más cercana. Se creaba así un circulo de intercambios, llamado kula. Para los Trobriandeses, este tipo de desmantelamiento sistemático de los objetos, o sea su desgaste, era un valor añadido. Porque cada paso de mano en mano cargaba el don de prestigio, o sea de una plusvalía relacional.
El caso relatado por Malinowski se convirtió inmediatamente en un rompecabezas para los economistas que no encontraban significado en un comportamiento que juzgaban económicamente inmaduro. En realidad, la razón de ese esfuerzo aparentemente inútil no estaba en el valor de uso de los objetos, sino en su capacidad de crear alianzas y asociaciones producidas por ese circuito de reciprocidad. En resumen, el circuito que se había creado por medio de un don funcionó como un contrato social, convirtiendo a diversas poblaciones extranjeras, distantes y potencialmente hostiles, en un sistema real: ordenado y coordinado; una federación que puso en marcha una red de relaciones supra-locales. De hecho, los aborígenes reivindicaban con orgullo que “pertenecer el kula es para siempre“.
Este tipo de mercado global primitivo era capaz de conectar individuos a pesar de sus frágiles medios. El intercambio permitió sacar cada isla de su aislamiento y convertirlas en un gran archipiélago confederal.
Dejemos aquellas islas donde el viento silba entre las palmeras y volvamos al murmullo de nuestros bares y restaurantes que apuestan por una práctica de Economía Circular. Esto lo abordaré en el próximo artículo, prometo reincidir.
* Bronislaw Malinowski (1884- 1942) publicó el ensayo “Las Islas Trobriand” en 1915 y en 1922 “Los Argonautas del Pacífico Occidental”.
Federica Marzioni
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